Volkswagen Magazine

Sin pretensión: A Daniel Norris le gusta cocinar en una estufa portátil.

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She's got her Daddy's nose. #vanlife

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El jugador de los Tigers de Detroit despierta dentro de una furgoneta Volkswagen detrás de los contenedores de basura de Walmart, preguntándose si tiene algo para comer. Hurga en una hielera medio vacía, hasta que encuentra una docena de huevos. “No estoy seguro de esto”, comenta, mientras toma tres del cartón, analizándolos, oliéndolos hasta que decide que es seguro comerlos. Mientras los blanquillos se cocinan en una estufa portátil, inicia su ritual mañanero de limpiar la van, sacando sus bienes para acomodarlos sobre el estacionamiento. Los objetos con los que vive son una tabla de surf, su único par de jeans y sus memorias, escritas a mano en un diario. Un cliente curioso se acerca a observarlo. “¿Qué tal?”, dice Daniel Norris mientras saluda con la mano a esta persona, quien se aleja para entrar a la tienda. Norris voltea los huevos en la sartén, “ya me acostumbré a que la gente se me quede mirando”, confiesa.

»¿Dónde puedes ser más libre, que siendo tú mismo en la mitad de la nada?«

Daniel Norris

Aquí es donde él decidió vivir, en tanto se convierte en uno de los mejores y más jóvenes pitchers de las Ligas Mayores, en una Combi estacionada debajo de las luces fluorescentes de un Walmart, en los suburbios de la Florida. Ahí, cada mañana, despierta uno de los prospectos del béisbol mejor clasificados, para hacer “lagartijas” y ejercicios de fuerza sobre carritos de súper abandonados. En este sitio permanece todas las tardes, haciendo café de prensa francesa y salteando comida orgánica en su estufa portátil. Y ahí también se encuentra todas las noches, portando una linterna en la cabeza, con su barba descuidada, escribiendo en su “diario” o releyendo Jack Kerouac.

Ha estado por tanto tiempo en este establecimiento, que algunos de los empleados ya lo llaman “El hombre de la van”, mientras comienzan a cuestionarse de dónde pudo haber venido y a qué se dedica. Algunos se sienten tan mal por él, que se han acercado al vehículo dejando sus oraciones, asumiendo que se trata de un vagabundo. Se preguntan, ¿acaso es un adolescente que huyó de casa?, ¿un surfer vagabundo?, ¿un trotamundos de la nueva era en una búsqueda espiritual?

La verdad es aún más extraña. El hombre de la van tiene una bola rápida de 92 millas por hora, un contrato firmado por dos millones de dólares, un patrocinio de Nike y un club de fans que está creciendo. Aún así, él decidió que la mejor preparación para la rutina de una temporada de 162 juegos es vivir aquí, en la parte trasera de una Volkswagen Westfalia T2 modelo 1978, que compró por mil dólares. La furgoneta es su medio de escape de la presión que implica jugar en las Grandes Ligas, su conducto para romper la rutina antes de iniciar una temporada, en donde cada movimiento que haga será medido, catalogado y analizado.

Si una vida como pelotero le da fama, la Combi le ofrece aislamiento. Si pitchear requiere de constancia y exactitud, la Combi promete libertad. Daniel la compró en 2011, unas pocas semanas después de haber firmado su primer contrato con los Blue Jays de Toronto, tras finalizar la escuela. Desde entonces, su Volkswagen ha sido su amigo y centro espiritual. Lo llama “Shaggy”, como el personaje de la caricatura “Scooby Doo”. Le canta canciones, le escribe poemas y le envía tarjetas de San Valentín.

Zurdo natural, Norris es uno de los grandes prospectos de los Tigres de Detroit.

Lo lleva a hacer expediciones de escalada de montaña en Tennessee y a surfear por la costa de Carolina. Lo maneja cada año para el entrenamiento de primavera en Florida, el año pasado estiró ese viaje durante varias semanas.

Manejó sin un itinerario desde su casa en Tennessee, sin pasar por la interestatal y explorando la ruta de los Apalaches, durmiendo en el curvo espacio trasero detrás del asiento de piloto, recargando su cabeza sobre la puerta trasera. Cuando finalmente llegó a Florida, se estacionó ilegalmente en la playa y acampó dentro de su furgoneta hasta que la policía local lo desalojó. 

“Inconformista”, reza un letrero dentro de su casa rodante.

En una mañana de 2011, cuando se hizo realidad su contrato por dos millones de dólares, lo desconcertó ver tantos ceros en su cuenta de banco, “¿quién soy yo para merecer esto?”, se preguntó, “¿qué fue exactamente lo que hice?”.

“Me siento mucho más cómodo siendo un tipo pobre”, comenta, pues el no tener dinero le permite conservar su estilo de vida, limita la tentación de conformarse. Nunca llena a “Shaggy” con más de un cuarto de tanque de gasolina.

En lugar de salir a comer con sus compañeros, escribe cada noche en su diario, que descansa sobre el tablero. “¿Dónde puedes ser más libre que siendo tú mismo en la mitad de la nada, a mitad del océano o en la cima de una montaña? La aventura es libertad”.

A las 7:30 de la mañana, Norris se reporta en el campo para su segunda sesión de bullpen del año. A veces, sobre el montículo, siente como si su brazo fuera externo a él, como un don, una especie de virtud, todas esas contracciones musculares que por alguna razón saben perfectamente cómo lanzar. “Siempre estoy tratando de indagar cómo puedo lanzar de esta manera, porque no tiene ningún sentido”, confiesa Norris.

Volkswagen warns against following this example. Filling your tank only a quarter of the way increases the risk of running out of fuel.

»¿Quién soy yo para merecer esto? ¿Qué fue exactamente lo que hice?«

Daniel Norris
Un estacionamiento para un patio delantero. A la promesa del béisbol Daniel Norris, le gusta la vida tranquila y con pocas emociones.

Más tarde, maneja lejos del campo, tras los extensos suburbios, dentro de una carretera de dos carriles, una línea de camino entre el agua, donde puede parar y estacionar a “Shaggy” directamente sobre la arena, un tramo de 8 metros de playa lo separan del camino, a lo largo de una línea de palmeras, un lugar tan público que parece que nadie nota su presencia. El tránsito sigue por la autopista, mientras que él tiene la playa para sí mismo.
Observa la puesta de sol en el horizonte, mientras su cena se cocina en la estufa portátil. Llama a su padre y lo deja escuchar el sonido del motor de la camioneta. “Suena bastante bien, ¿no?”, le comenta. Recibe un mensaje de su madre, “estamos orgullosos de que seas como eres”. Deja el teléfono y se pone sus lentes de sol. Las gaviotas se zambullen dentro del agua, las olas chocan en la arena, el sol pinta su van de tonos naranjas y azules.
“Perfecto”, exclama.