Volkswagen Magazine

Passat

Passat, mi amor.

El Passat lleva acompañando a familias de medio mundo en sus viajes y vacaciones más de cuatro décadas. A través de Facebook lanzamos una invitación a todos los fans de Volkswagen para que compartieran sus recuerdos con nosotros. Te mostramos una selección de las mejores fotografías y sus historias.

«Ni los caminos de tierra podían con el Passat».

Wave Rock
(Australia)

Claas T. Scholz

En enero de 1990, mis padres, mi hermano y yo hicimos un viaje en coche hasta Wave Rock, en el remoto outback occidental australiano. Mi hermano tenía entonces siete años y yo, nueve. Hacía muchísimo calor, unos 40 ºC, y, como el Passat no tenía climatizador, para no asarnos íbamos con las ventanillas bajadas y el aire a tope. De vez en cuando, mi padre le echaba un ojo al indicador de temperatura, pero no había por qué preocuparse.

En total, tardamos cuatro horas en llegar a nuestro destino, a una media de 80 km/h. Cuatro agradables horas en las que ni los caminos de tierra ni las carreteras estrechas que atravesamos pudieron con el Passat. Lo peor de todo era cuando nos cruzábamos con algún coche de frente y teníamos que salirnos al arcén, que estaba sin asfaltar. Entre toses subíamos las ventanillas para impedir que la nube de polvo hiciera imposible respirar dentro del coche… Sin embargo, apenas pasados unos minutos, el calor se volvía insoportable y bajábamos de nuevo las ventanillas. Y así con cada coche que pasaba. Cuando por fin llegamos a nuestro destino, alquilamos una caravana para pasar la noche.

 

Después de aquel maravilloso viaje, el Passat siguió con nosotros otros cinco años más y nunca nos dio problemas. Era absolutamente fiable. De hecho, cuando formé mi propia familia, la elección también fue Volkswagen. 

Lago de Longemer (Francia)
Erich Geiger

Este Passat rojo fue mi primer coche de empresa con tracción a las cuatro ruedas y turbocompresor. ¡Por fin se acabaron las tartanas! El cochazo tenía entonces unos 160 CV y podía remolcar nuestra caravana familiar hasta Alsacia y Lorena y muchos otros lugares de vacaciones. En Grecia, el Passat incluso cruzó algunos riachuelos y recorrió caminos sin asfaltar. Ese de la foto soy yo el 1 de mayo de 1992 con mi hija Lisa cerca del lago de Longemer. La idea era ir a hacer windsurf, pero el tiempo no acompañó.

Varel (Alemania)
Dieter Schneider

Fue mera casualidad que el Passat acabara en mis manos. Antes había tenido otro coche de segunda mano, pero se me rompió muy pronto. Como era joven y no tenía un duro, necesitaba un coche que aguantara. Así que me compré un Passat de seis años. La foto es de un viajecillo espontáneo que me marqué a Frisia Oriental, una región del noroeste de Alemania. El viernes, después del trabajo, cargué el Passat y me hice todo el trayecto de Solingen a Varel, una ciudad en la costa del mar del Norte, para dar una sorpresa a mi novia, que estaba de vacaciones allí con sus padres. En total, tuve el Passat cuatro años. Desde entonces solo he tenido Volkswagen. Ahora, por cierto, tengo un Tiguan. 

«Gracias, amarillo, por esos grandes momentos!»

Bibione (Italia)
Brini Volkmann

Hay recuerdos de cuando eras niño que te acompañan toda la vida. En mi caso, ese recuerdo se llama “el amarillo”.

 

Cada vez que alguien lo menciona en mi casa, me vienen a la cabeza un montón de imágenes de vacaciones de verano, aventuras y momentos largo tiempo olvidados. Y no: “el amarillo” no es un familiar con problemas de hígado, es el apodo de nuestro mítico Passat TS del 75. La imagen de la pegatina con tres patos que decoraba la parte trasera ha quedado para siempre grabada en mi memoria… Le quedaba muy bien al amarillo rally del Passat.

 

Con el verano llegaba la hora grande. Eran mediados de los 80. Mis padres cogían todos los bártulos de playa y campo, cargaban bien la nevera portátil, nos metían en el coche a mi hermano y a mí… ¡y vamos que nos vamos! ¡Seis semanas en Italia! Mi sitio era el de atrás a la izquierda. Mamá me ataba bien en la sillita para niños marca Römer que habían comprado en un moderno color naranja. Aún hoy me indispone un poco el mero recuerdo del olor a plástico con que estaba recubierta y cómo se me pegaban las piernas al material con aquellos calores que rondaban los 30 ºC. Pero ese mismo viaje que para los adultos suponía una paliza considerable, para mí era toda una aventura que empezaba en Renania, pasaba por Austria, cruzaba la frontera austro-italiana por el Brennero, dejaba atrás Bolzano y finalizaba en el Adriático. Cada vez que me despertaba tenía ante mis ojos un paisaje distinto, lugares extraños, enormes montañas y, al final de todo, el ansiado mar. ¡Gracias, amarillo, por esos grandes momentos! 

Olfen (Alemania)
Nils Lindheimer

 

La libertad con mayúsculas se materializó el día en que hice la Selectividad. Era de color plateado, funcionaba con diésel y tenía tanto espacio que pude hacer la mudanza de la casa de mis padres en Olfen hasta la residencia de estudiantes de Giessen en un solo viaje. Por cierto, el perro se llamaba George.

«El Passat fue mi particular billete a la libertad».

Parque Nacional de Dajti (Albania)
Johan Baguca

Hasta la caída del bloque comunista, mi patria, Albania, fue uno de los países más aislados del mundo. Entrar en él era muy complicado, así que imagínate salir. Como resultado de esta situación, había muy pocos coches. Y coches occidentales ya ni te cuento. Después de la caída del régimen, en el otoño de 1990, la situación cambió radicalmente. De repente, las carreteras empezaron a llenarse de coches occidentales y el “made in Germany” se volvió muy popular.
En diciembre de 1991, mi padre se compró un Passat 1.6 Diesel del 86. El primer coche en la historia de la familia. Mi padre lo condujo durante dieciséis años. Yo nací en 1994. Tenía seis años cuando me dejaron sentar al volante por primera vez. Fue amor a primera vista. Siempre que veía el asiento del conductor libre, me sentaba en él y hacía como si estuviera conduciéndolo yo. Este fue mi hobby favorito durante años.

Los fines de semana, íbamos a menudo de excursión al monte Dajti, no muy lejos de la capital, Tirana. Una excursión en el Passat que incluía fútbol y picnic y que terminó convirtiéndose en una tradición familiar.
Mi padre tenía que ir frecuentemente a Atenas por trabajo. Mi hermano mayor y yo siempre intentábamos convencerlo de que nos llevara con él, a menudo con éxito. Los 1.500 kilómetros (entre la ida y la vuelta) no eran precisamente cómodos, con unas carreteras en pésimo estado en su mayor parte. Pero a nosotros nos encantaba. Una vez, mi padre volvió de Atenas con un compatriota que había metido toda su casa –desde el sofá hasta la mismísima lavadora– dentro y sobre el Passat.
Aquel día de julio de 2007 en que mi padre vendió el Passat fue un día muy triste para mí. Escribí “Johan Baguca, Tirana, Albania, 2007” en un papel, levanté cuidadosamente la tapa del volante que hay entre los dos cláxones y pegué la nota con celo en la barra de sujeción del volante. Espero que siga ahí.
 

«Aquel día en que mi padre vendió el Passat fue un día muy triste para mí.»