Volkswagen Magazine

Beetle

Un verano en nueva york.

¿Cuál es el mejor pretexto para viajar? Vacaciones, descanso, familia, trabajo o diversión; la pregunta se responde sola, y una vez que encontré tanto el destino como el pretexto ideal, Beetle R-Line de Volkswagen se sumó a esta aventura que nos trasladó al corazón de los Estados Unidos.

Texto y Fotografía Jonathan Miranda R.

Una semana completa al año es lo que normalmente puedo tener de verdadero descanso, esta vez, no habría tal, y considerando que U2 –mi banda favorita– no vendría a México, decidí acercarme a la gira. Hotel y entrada al Madison Square Garden en Nueva York estaban reservados, pero pensé: “tengo años sin ver a mi tío que vive en Washington, ciudad que además no conozco, ¿por qué no pasar a saludarlo, aprovechar para probar a fondo el mencionado auto que, además, se fabrica en México y es exportado a Norteamérica?
La gestión del préstamo estaba lista y con ella el vuelo hasta Washington, D.C. Pronto llegó el día y, después de seis horas de viaje –que incluyeron el tedioso paso por la aduana– aún faltaba recoger el auto en un hotel aledaño al aeropuerto Ronald Reagan. Pregunté por él al dependiente del estacionamiento e inmediatamente fue a buscarlo al sótano. Resulta que en el transcurso de la mañana, el Beetle R-Line se había vuelto muy popular entre el personal del valet parking y, como dicen: “la primera impresión jamás se olvida”. Lo trajeron con su impecable color rojo, un paquete especial de carrocería, molduras, escapes dobles, techo corredizo y rines de 18 pulgadas. Ahora sí: la aventura comenzaba.
El primer trayecto fue rumbo a Maryland en el distrito de Columbia, un excelente lugar para deshacerse de las contracturas musculares de oficina y del estrés citadino, ya que por su ubicación y vecindad con el río Potomac, esta pintoresca región se cubre de bosques y muchos caminos para andar en bicicleta, realizar running, caminata e incluso kayak. El calor del verano se dejaba sentir con bastante humedad y en la frescura de la noche, planeamos la jornada siguiente, que incluía visitar a la capital, Washington, D.C.

El Mall Monuments de Washington D.C. rinde tributo a héroes y caídos de guerra, así como a los personajes políticos más emblemáticos de E.U.

House of cards?

“No vayas allá sin ver algunos capítulos de esa serie”, me recomendó mi editor. Y hasta que entramos a la ciudad comencé a entender por qué. Washington, D.C. es el centro neurálgico de los Estados Unidos. Las calles destilan una peculiar mezcla que incluye civismo, política, nacionalismo, y a medida que nos acercamos al Downtown, el orden se va haciendo cada vez más estricto. No es para menos, el Beetle R-Line está rodando sobre la Avenida Pensilvania, cuyos recintos vecinos son la Casa Blanca y el Capitolio. Infinidad de turistas, ciclistas, tránsito, trabajadores del gobierno, cámaras de seguridad, semáforos, FBI, perros K9 y policías; lo único que pensaba era no cometer ninguna infracción, así que en un recorrido de reconocimiento por la zona, supe que bajo ninguna circunstancia podría controlar un entorno tan activo y, sobre todo, vigilado, así que algo habría que arriesgar por conseguir buenas fotos.
La periferia del Mall Monuments se convirtió por breves instantes en el set fotográfico de nuestro auto, era inevitable no sentirse observado. Los héroes de la Segunda Guerra Mundial, los de Pearl Harbor o Vietnam, todos tienen un recinto que les recuerda y rinde tributo. Por supuesto que personajes icónicos y trascendentales en la historia de los Estados Unidos también tienen un apartado especial, tal es el caso de Abraham Lincoln, que orgulloso mira hacia el monumento de su compañero histórico, George Washington, como vigilando celosamente la residencia más importante de la capital, la Casa Blanca, un lugar en donde se barajan las más arriesgadas cartas tanto a nivel local como mundial, ex hogar de los Nixon, los Reagan, los Kennedy, los Clinton, los Bush; un recinto que fantásticamente ha sido invadido, atacado y destruido en infinidad de producciones cinematográficas, pero que tiene en la más actual de sus realidades al primer presidente afroamericano de esa nación como huésped principal. A escasas calles se encuentra el Departamento del Tesoro e innumerables oficinas públicas, un entorno netamente burocrático. De cualquier manera, nuestro “R” se las arregla con su carisma para convencer a un guardaparque –ranger retirado, por cierto– de permanecer estacionado cinco minutos más en un área destinada al turibús de la capital; historia americana y las formas aerodinámicas de nuestro auto, otra peculiar mezcla en las calles de Washington. Ahora entiendo que este lugar no sólo se trata de política, de historia ni de republicanos versus demócratas, sino de patriotismo, civismo y gran respeto hacia los homenajeados, personajes que dieron su vida e intelecto por la libertad de los hombres y mujeres que viven en esta nación.

Más allá de su confiable mecánica, lo que verdaderamente hace que todos viajen tranquilos en el nuevo Vento 2016 es su completísimo equipamiento de seguridad.

Beautiful day.

 

La mitad de la semana llegó rápidamente, hasta ahora había transcurrido entre agradables paseos en bici, recorridos históricos y cómodos desplazamientos a bordo del Beetle R-Line, el cual para entonces había consumido tan solo medio tanque de combustible, lo cual, considerando las distancias y el tránsito, era excelente. Pero la mejor prueba estaba por venir: circular por la carretera interestatal 495. Todos los límites de velocidad indicaban 60 mph como máximo, ¡¿es en serio, aquí no hay autobahns?! Tenía en mis manos un motor de 2.0 litros de 180 HP; no era justo... pero lo resignado, no tuve más opción que configurar el control automático de velocidad en las millas reglamentarias. Al cabo de dos horas, terminé con esa situación y le pedí al auto ir prudentemente más rápido, demostrando que esa es su actividad favorita; el “feeling” se incrementó con las sensaciones que otorga la transmisión manual de seis velocidades, sobre todo cuando la eficiente DSG nos ha sobreconsentido en México. Luego de 40 minutos de buen ritmo en carretera, los letreros comenzaron a aparecer hasta que el más esperado de todos por fin llegó: “New Jersey-New York”.

El tránsito reapareció en la industrial Jersey, pero en algún momento de distracción, la salida a Manhattan había quedado atrás y ahora circulaba sobre el John F. Kennedy Boulevard que cruza Union City, West New York y North Bergen, una zona ubicada justo en la otra orilla del Río Hudson, frente a Manhattan. “Bueno, quizá no es tan mala idea saludar a la ciudad antes de entrar en ella”, pensé, al mismo tiempo que estacionaba el auto cerca del Washington Bridge. Entonces, como creada por un programa virtual, ahí se alzaba imponente “La Ciudad de los Rascacielos”: Nueva York. El Empire State luciendo impecable como siempre, pero al dirigir la vista hacia el Bajo Manhattan, un escalofrío recorrió mi cuerpo al asimilar que después del 11 de septiembre de 2001, las emblemáticas Torres Gemelas han dejado un tremendo espacio en el corazón de la ciudad, que ahora trata de ser cubierto por el recién terminado One World Trade Center, de 104 pisos. Pero aun con tal suceso, “La Gran Manzana” no fue a dormir, la metrópoli de a poco se ha ido sobreponiendo y numerosos espectáculos en la colorida Brodway, las diversas exposiciones de sus estupendos museos; el fervor hacia los Knicks, su equipo de baloncesto o los Yankees en el béisbol, le recuerdan a la ciudad que aún sigue siendo la capital del mundo, y es justamente el Madison Square Garden adonde había que llegar para presenciar uno de los ocho conciertos que la banda irlandesa U2 daría en la ciudad que los vio llegar, como a muchos, desde Europa buscando el sueño americano.

Ya sea en pleno Manhattan o en West New York, la ciudad solo hace una pequeña pausa en la madrugada antes de seguir su ritmo vertiginoso.

Solo el Río Hudson nos separaba del Garden, así que había que dirigirse al Lincoln Tunnel de prisa, ya que estábamos en la hora más complicada del tránsito y faltaba muy poco para que el show comenzara. Dicha premura despertó la voz de Beetle R-Line, una ronca nota en los escapes se distinguía del ruido dentro del túnel manteniéndose ahí gracias al perfecto hermetismo del habitáculo, el equipo de sonido Fender® ya ponía a tono el trayecto con música de la banda. De pronto, entre la Octava y la 33, apareció el histórico recinto que paulatinamente iba recibiendo a los asistentes; supe que era momento de guardar el auto y cambiar el modo de manejo a: “Rock’n Roll”.

La jornada que había comenzado a las siete de la mañana hasta ahora incluía tres horas y media de manejo en carretera, tráfico citadino y producción de fotografías. ¿Cansancio? no el suficiente como para no cantar con mi banda favorita en el imponente Madison Square Garden. Escaleras eléctricas al primer piso, acceso 101, fila 13, asiento 18... ¡excelente lugar! Mi mirada curiosa recorrió cada sector del escenario, tratando de adivinar qué pasaría y cómo es que lograron colgar del techo, una pantalla de casi 25 metros de largo, hasta que entre mi asombro y la gente, noté a un pequeño de apenas ocho años vestido con una playera que decía “México” con la imagen de Bono cantando con él en su pasada gira por nuestro país. Se trataba de Paco, quien también llegó a la ciudad con su papá, Francisco, para ver a U2.

“La última vez que fueron a México, subí al escenario y Bono me regaló sus lentes”, me contó Paco, emocionado y con la frescura de un niño que prefirió aguantar una tarde para conseguir boleto, que ir de compras al mall.

“Estamos aquí desde el primer show, y ha sido espectacular cada noche, te aseguro que te va gustar”. Resulta que platicando con Francisco, él también confesó ser fan de Volkswagen y hasta planeamos ir a visitar la planta en Puebla muy pronto.

Qué pequeño es el mundo y qué mágico es Nueva York; no recuerdo haber cantado y gritado tanto alguna vez…

Where the streets have no name.

Un buen café y huevos con tocino en un restaurante cubano de Union City bastaron para reponer energías antes de entregarme por completo a la ciudad. Un gran comienzo fue dirigirme hacia el bajo Manhattan, donde el Museo Memorial de 11-S muestra al mundo, detalle a detalle, aquel trágico día, fusionándose con los sonidos de la gente y las máquinas que hasta hoy trabajan en la restauración de la “Zona-0”. A unas cuantas calles de ahí se ubica Wall Street, una pequeña calle que mantiene el pulso financiero de la Bolsa de Valores. La caminata incluía visitar el famoso Chinatown y subir por Broadway hasta el glamoroso SoHo, un pequeño barrio de Manhattan en el que se han establecido varios artistas, músicos e intelectuales; buen sitio para comer algo muy local como una cheeseburger acompañada por una cerveza, mientras recapacitaba en lo curioso que resulta ver cómo la metrópoli va adoptando otros colores y sonidos, dejando los espacios públicos como Union Square o la Biblioteca Pública, para el arte y el entretenimiento urbano: bailarines, jugadores de ajedrez, pintores, guitarristas y hasta malabaristas afroamericanos dan rienda suelta a su talento, enmarcados por la sinergia del lugar. Mis pies pedían tregua, sinceramente extrañaba al Beetle R-Line, pero en el fondo sabía que no había mejor manera de disfrutar la ciudad que mezclándome en ella y para cuando me di cuenta, Broadway se cruzaba con la 5ª Avenida, oficialmente estaba en el Midtown y las luces de Times Square lo confirmaban, de nuevo sentí estar en otra urbe. Comenzaba algo así como “mi hora feliz” porque para las cinco de la tarde el calor abrumante dejaba su lugar al viento fresco que entra del Atlántico y se cuela entre calles y avenidas, motivándome a llegar hasta la hermosa Catedral de San Patricio, que data de 1813 y cuya construcción se vio interrumpida en diferentes etapas por problemas políticos, religiosos e incluso por la misma Guerra Civil de los Estados Unidos. Hoy, se ha restaurado casi por completo luciendo un radiante mármol blanco y un nuevo órgano de más de tres mil tubos. Justo enfrente, se encuentra el Rockefeller Center, el famoso complejo comercial más lujoso de Nueva York, compuesto por exclusivos departamentos, renombradas boutiques, teatros y, por supuesto, la pista de hielo acompañada del árbol de Navidad que en el verano cede su lugar a terrazas y restaurantes donde se puede pasar un rato muy agradable antes de visitar el mundialmente reconocido Museo de Arte Moderno (MOMA, por sus siglas en inglés), otro fantástico lugar que aloja las más recientes corrientes artísticas de todo el mundo; galerías de pintura, fotografía, música e incluso fusiones perfectamente bien ejecutadas que enriquecen su acervo, incluso Volkswagen of America y la cantante Björk, colaboraron juntos en una exposición dentro de este recinto.

Después de cuatro años, Paco y Bono se reencontraron en el Madison Square Garden; solamente en Nueva York pueden suceder estas cosas.

Bye, America.

Y así, después de días llenos de historia, color y música, se acercó el momento de volver a casa. Entonces fue hora de acudir al Beetle R-Line para desplazarme desde el hotel en Union City hasta la última visita obligada: Central Park. Curiosamente mi único equipaje se había transformado en tres maletas grandes, pequeño problema para mí, pero no para los respaldos traseros abatibles del auto con los que se gana un gran espacio de carga. Volví a cruzar el Lincoln Tunnel, manejé por toda la orilla del Hudson hasta la calle más cercana a mi destino, y una vez asegurado el auto, rentar una bicicleta fue la mejor opción para recorrer el principal pulmón de la ciudad. Un lugar que guarda entre sus veredas una cantidad de vida que uno jamás se imaginaría existe en el vertiginoso Manhattan. Dos lagos, un pequeño zoológico y una piscina pública es sólo un poco de lo que Central Park tiene para ofrecer. Aprovechando el clima y tendidos en las praderas del lugar, los neoyorquinos disfrutan cada rayo de sol veraniego en compañía de los amigos, familia o sencillamente con un buen libro y su playlist favorito.

Pero entre los arbustos también suenan los acordes de una guitarra urbana y la voz de su ejecutor entonando Let it be dentro de una emotiva atmósfera que fusiona música con nostalgia, se trata del memorial al gran músico inglés John Lennon, espacio en el que la ciudad le rinde tributo a su antiguo vecino con una sola palabra plasmada en pequeños mosaicos sobre el suelo: Imagine. Justo en ese instante comprendí el inmenso espíritu de cordialidad, globalización, apertura, nacionalismo y cultura que habita en la ciudad de las luces brillantes, un lugar cuya sinergia sólo se comprende interactuando con ella, charlando con el artista callejero, con el camarero de un bar en SoHo, con la dependienta de un almacén o algún turista mezclado entre las multitudes de
Times Square.

Este es Nueva York, un rincón del planeta que se abre al mundo ofreciéndole innumerables actividades, sitios y caminos que recorrer. Lamentablemente para mí y Volkswagen Beetle R-Line, el nuestro se acercó a su final cruzando el cultural, pintoresco, pero en ocasiones complejo Barrio de Brooklyn, antes de llegar al Aeropuerto John F. Kennedy, donde nos despedimos, esperando coincidir pronto, en otra metrópoli del mundo.